lunes, 10 de noviembre de 2008

No”, me dije a mí misma, mientras apretaba los dientes con fuerza-“No vas a dejar que esto te afecte”. Sin embargo, mientras dirigía mis pasos hacia el ascensor, un remolino de preocupaciones empezó a embotarme el cerebro. Necesitaba ese trabajo. ¿Cómo podría, si no, llevar a cabo eso a lo que me había comprometido? Esa tarea… Aparté el pensamiento de mi cabeza con un gesto que nadie más vio, ni siquiera las risueñas secretarias con minifalda que correteaban de aquí para allá, ajenas, pensé, al mundo real. El ascensor soltó un pitido cantarín y las puertas se abrieron, sin que me hubiera dado tiempo a asumir que me estaba enfrentando a mi primer obstáculo serio.

Los años que había pasado en El País no habían sido precisamente un camino de rosas. Había sacrificado mi vida personal por mi vocación y hoy, a mis 29 años, cuando pensaba que estaba a punto de hacer algo importante, me daba la vuelta ante el primer “no” que encontraba… En mis tiempos, antes de que ocurriera aquello, me había enfrentado a cosas peores que una recepcionista rubia y charlatana y un jefe de redacción con más humos que cultura.

Me quedé parada ante las puertas abiertas del ascensor. Los tres ocupantes del mismo me miraron con impaciencia y, al ver que no me decidía, uno de ellos apretó con fuerza y repetidamente el botón de cierre, como si las puertas fueran a cerrarse con una rapidez directamente proporcional a la intensidad con que lo pulsara.

Cuando llamé por segunda vez a la puerta del Sr. Villa, ya no sentía la inseguridad que me había hecho llegar 20 minutos antes a la entrevista por temor a meter un tacón en una rejilla. Necesitaba ese trabajo y lo obtendría. Punto.

Miguel Villa levantó la mirada sin elevar la cabeza del montón de papeles que estaba consultando. Me escrutó por encima de las gafas y frunció el ceño, pero no dijo nada.

-Soy la persona que está buscando- solté.

1 comentario:

AMPA dijo...

Ole, ole y ole... ese peaso de estreno! menos mal que ahora le toca a Irene, jeje