Como tantas otras veces, al final me fui sin comprar nada. Recordar finalmente quién era Nacho me había perturbado un poco, y tenía la esperanza de que el aire fresco de la mañana me despejara la mente.
El metro iba a esa hora mucho más vacío, tan sólo algunas señoras de mediana edad y jubilados matando las horas muertas. De vez en cuando miraba a mi alrededor para comprobar que nadie me estaba vigilando, y es que el último mensaje recibido en mi móvil me había conseguido asustar de verdad. Había recordado a un personaje con un nombre cercano a "Nacho", pero eso no confirmaba que fuera él quien estaba detrás de aquel número. Y seguía sin sentirme con el valor suficiente para llamar. Las paradas que me separaban de mi casa pasaron sin apenas darme cuenta, absorta en mis pensamientos y aún intentando comprender de dónde había sacado el valor para hacer una locura así en el despacho.
Al salir de nuevo a la superficie, el reloj de la farmacia que había junto a mi portal me recordó que eran ya casi las 11 de la mañana. Apreté el paso porque sabía lo pesada que se ponía Marisa, una de mis compañeras de piso, con el tema de la puntualidad.
Nuestra finca tenía más de 50 años y no tenía ascensor. Subí de dos en dos los escalones y llegué casi sin aliento. En cuanto Marisa oyó mi llave en la cerradura, empecé a oir su voz con quejas.
- Ya he llegado... ya he llegado. Venga, no te quejes más, ya puedes marcharte.
- Joder, Ana, es la segunda vez en una semana, ya estoy harta de que abuses de mí de esta manera... yo también tengo mi vida, sabes? Llegas más de media hora tarde.
Sabía que ella seguía hablando y hablando y hablando... pero ya no la escuchaba. Tan sólo podía ver una pequeña figura recortada en el sol que entraba por la ventana que sonreía mientras me decía "Mamamamama".
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