- Tía, pues qué mal rollo, ¿no? Si hace nada que se han ido a vivir juntos...
Silencio. Risita aguda y afectada. Otra mirada a las uñas.
- ...no, no... No es lo mismo, a mí Fede no me puso los cuernos...
Otro silencio. Hmmm, cuidado, la rubita se enfada. Frunce su ceño como una niña contrariada.
- No, perdona. Lo que pasa es que tú siempre vas calentando al personal. Tú a Fede no le ponías para nada!
Los momentos de silencio se hacen cada vez más cortos. La rubita está realmente cabreada.
- Guarra lo serás tú! Todas lo pensamos! Que te den, paso de saber nada de ti!
Tras colgar violentamente el teléfono, la rubita decidió prestarme atención. Por fin parecía que llegaba mi turno.
- El Sr. Villa está en la planta 7.
En escasos segundos me colé en uno de los ascensores, que estaba a punto de cerrarse. Compartía el pequeño espacio con tres tíos trajeados y con olor a tabaco que seguramente volvían a sus puestos de trabajo tras un breve cigarrillo.
La séptima planta era un espacio diáfano por cuyas amplias ventanas se colaba el débil sol de noviembre. Gente que caminaba de allá para acá con papeles, treintañeras de falda corta, y niñatillos enfundados en disfraces de hombre.
Afortunadamente a pocos metros de mí había un gran cartel que mostraba un plano de situación de la planta. Indentificaba cada cubículo y cada despacho con el nombre de su ocupante, y según aquello Miguel Villa se encontraba en la hilera de puertas en uno de los extremos de la estancia.
Dando gracias por no haber tenido que lidiar con otra secretaria para dar con mi entrevistador, tomé aire y llamé con los nudillos a la puerta. Miguel Villa era un hombre calvo y con gafas, con poco que ver con la colección de semi-modelos que tenía allí fuera.
- Buenos días. Soy Ana Ramírez, teníamos una entrevista.
Villa levantó la vista del ordenador y por un momento no dijo nada y se limitó a escrutarme. Era como si no se acordara en absoluto de que había quedado conmigo.
- Ah... sí, pase por favor, siéntese. Ana... no? Ana María Ramírez? .- dijo mientras revolvía entre unos papeles.
- Ana Ramírez. Ana y nada más.
- Sí... bien. A ver, ¿qué me puede contar de su experiencia en el mundo de la moda?
Mi experiencia en el mundo de la moda. ¿Cuentan las tardes interminables en el Zara? ¿O haber estado suscrita al Elle en los tiempos en los que ganaba una pasta? Porque ésa era mi experiencia en el mundo de la moda.
- Eh... lo cierto es que nunca he colaborado directamente en una publicación de moda, pero llevo trabajando como periodista desde los 21 años y he estado tres años en El País, y como responsable de comunicación en una empresa de...
Me cortó en seco.
- Me temo que si no tiene experiencia en una revista de moda, no tenemos mucho más que hablar... Anabel...
- Ana. Y nada más.
- Pues Ana.- me miró fijamente.- No da usted el perfil que buscamos. Lo siento.
Y sin decir nada más, giró su silla y volvió a concentrarse en su pantalla. Yo seguía allí sentada, estupefacta, y con ganas de soltarle a aquel tío que no me podía tratar así.
Pero no dije nada. Cogí mi bolso y salí de aquel despacho, reprimiendo las lágrimas a mi pesar.
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