domingo, 23 de noviembre de 2008

Claudio

Claudio fue durante varios años de mi adolescencia el amor platónico que toda quinceañera llega a tener. Él me hizo descubrir el sentido de la amistad, los inicios del tonteo, del amor embargado por los primeros suspiros de emoción. Claudio es una parte muy importante de lo que he llegado a ser y guardo con gran cariño todos esos momentos apasionados que en su dia vivimos. Claudio es mi mejor amigo y confidente... además ahora es mi socio en la operación que estoy llevando a cabo. Al principio no quería formar parte de ella por principios morales. Él suele ser el que me lleva por el camino correcto y yo suelo ser la que evita que esto ocurra... él es práctico y yo soy una cabeza loca.

Por eso no estaba de acuerdo con la idea inicial, pero empezó aportando alguna idea y ahora forma parte de todo el plan. Supongo que todos tenemos un precio, y nos volvemos un poco locos cuando nos hablan de cifras millonarias y nos vemos a nosotros mismos nadando entre fajos de billetes.

El hecho de ser tan compatibles es lo que nos ha llevado sin querer a conplementarnos con tanta facilidad. Eso, y la necesidad de sobrevivir sin deudas de por vida, por supuesto.

Dejé que se agotaran todos los tonos de llamada, aún sabiendo el resultado. Claudio no solía escuchar el móvil nunca y me costaba horrores contactar con él. Necesitaba explicarle con detalle todo lo que conseguí avanzar con aquel arranque de valentía y necesitaba que me echara una mano con el tema de la moda porque no sabía por dónde empezar.

Me dejé caer pesadamente sobre la cama. Debería levantarme a hacer algo de cena y a preparar el baño de Alex. Escuchaba a lo lejos sus balbuceos pero me sentía terriblemente cansada... sin ser consciente empezaba a sumirme en un profundo sueño. Si no me hubiera llegado a tumbar posiblemente podría haber evitado la inesperada y desagradable visita de aquella noche.

martes, 18 de noviembre de 2008

La tapadera

Siempre me preguntaba por qué aquel crío se empeñaba en llamarme mamá. Tampoco me parecía tanto a mi hermana como para que mi sobrino nos confundiera, por muy bebé que fuese. Bueno, al fin y al cabo, era sólo eso, un bebé, pensé, y su madre llevaba más de dos meses en el hospital.

El accidente de tráfico que había dejado a la criatura huérfana de padre y con su madre muy malherida fue un duro trago. Al dolor por la pérdida de mi cuñado y la situación de mi hermana se unió el tener que cuidar de un bebé de pocos meses cuando hasta entonces yo no sabía ni lo que era un niño.

Mis compañeras de piso habían aceptado a regañadientes al nuevo inquilino, y aunque no se habían atrevido a decir mucho más por lo dramático del suceso, yo sabía que les había impuesto un cambio en su estilo de vida… Sin embargo, compartir piso, aun con 29 años, se había convertido en la única alternativa, dada mi situación.

-Alex, di hola a la tíaaa-clamé, intentando poner el tono más maternal que supe. Quería a mi sobrino, pero no me sentía preparada para ejercer de madre. Y aún tenía que pensar quién cuidaría de él mientras yo trabajaba en la revista.

Me puse en los brazos al niño mientras ojeaba el contenido de la carpera granate que me habían dado en el trabajo. Pff. Tenía que empezar al día siguiente y no tenía ni idea de por dónde. Pero antes… Antes debería llamar a Claudio y contarle lo del tal Nacho. Me inquietaba que me pudieran haber descubierto antes de tiempo. Mi empleo en la revista de moda serviría de tapadera durante un tiempo para cubrir mi verdadero trabajo, pero, ¿por cuánto? ¿Acaso “Nacho”, fuese quien fuese, conocía mis verdaderas intenciones, aquello que me habían encargado?

Cerré los ojos. Ignaccio… Pensé. Ojalá fueras tú el de los mensajes. Mientras descolgaba el teléfono para llamar a Claudio, me imaginé reflejada en sus ojos, tan azules que parecían pintados a acuarela, como aquella tarde, tan lejana ya.

Llego tarde

Como tantas otras veces, al final me fui sin comprar nada. Recordar finalmente quién era Nacho me había perturbado un poco, y tenía la esperanza de que el aire fresco de la mañana me despejara la mente.
El metro iba a esa hora mucho más vacío, tan sólo algunas señoras de mediana edad y jubilados matando las horas muertas. De vez en cuando miraba a mi alrededor para comprobar que nadie me estaba vigilando, y es que el último mensaje recibido en mi móvil me había conseguido asustar de verdad. Había recordado a un personaje con un nombre cercano a "Nacho", pero eso no confirmaba que fuera él quien estaba detrás de aquel número. Y seguía sin sentirme con el valor suficiente para llamar. Las paradas que me separaban de mi casa pasaron sin apenas darme cuenta, absorta en mis pensamientos y aún intentando comprender de dónde había sacado el valor para hacer una locura así en el despacho.
Al salir de nuevo a la superficie, el reloj de la farmacia que había junto a mi portal me recordó que eran ya casi las 11 de la mañana. Apreté el paso porque sabía lo pesada que se ponía Marisa, una de mis compañeras de piso, con el tema de la puntualidad.
Nuestra finca tenía más de 50 años y no tenía ascensor. Subí de dos en dos los escalones y llegué casi sin aliento. En cuanto Marisa oyó mi llave en la cerradura, empecé a oir su voz con quejas.
- Ya he llegado... ya he llegado. Venga, no te quejes más, ya puedes marcharte.
- Joder, Ana, es la segunda vez en una semana, ya estoy harta de que abuses de mí de esta manera... yo también tengo mi vida, sabes? Llegas más de media hora tarde.
Sabía que ella seguía hablando y hablando y hablando... pero ya no la escuchaba. Tan sólo podía ver una pequeña figura recortada en el sol que entraba por la ventana que sonreía mientras me decía "Mamamamama".

viernes, 14 de noviembre de 2008

Ciao bambinas!

Si, recordaba a Nacho.

Trabajar en una revista de moda podría resultar relativamente sencillo. Ya que no sabía escribir sobre el tema, pensé que lo mínimo (y en lo que más se fijarían) era que yo misma supiera vestir a la moda, así que, sin mucha gana, me encaminé a la calle comercial más cercana a renovar mi vestuario.

Mis dedos seguían jugueteando con aquel mechero mientras me alejaba, sumergida en mis propios pensamientos, del edificio que a partir de mañana sería mi nuevo centro de trabajo.

Nacho, le llamábamos Ignacchio imitando un ridículo acento italiano. Le conocimos el pasado verano durante nuestras vacaciones en Alicante. Todos los años hacíamos una "escapada de chicas" y huíamos a la playa a desquitarnos del conocido estrés madrileño. Casi era más estresante que cualquier mañana en hora punta, porque no parábamos ni un minuto, a la vez que destrozábamos nuestros físicos entre juergas y resacas. En el fondo nos encantaba y, al fin y al cabo, era una vez al año.

Stradivarius siempre tiene los últimos modelos aunque no son demasiado formales. Zara ha pasado a ser demasiado clásico. Me daré una vuelta por C&A. Apuré todo lo que pude mi última calada.

Ignacchio no era italiano, era cordobés. Coincidimos en aquella tetería de la Plaza Canalejas a la que acudíamos cada noche a fumarnos nuestra shisha de manzana como preparación a la noche que quedaba por venir. Ignacchio nos miraba con aire divertido desde la mesa de al lado. Posiblemente contaba la cantidad de tonterías que éramos capaces de decir por minuto. Estoy segura de que pensaba que éramos unas niñatas inmaduras en plena edad del pavo, pero lo cierto es que pensara lo que pensara me daba absolutamente igual.

¿De verdad alguien puede ser capaz de comprarse unos vaqueros rosas con flores estampadas? solté con cierto repelús la prenda que acababa de coger para ver que mis ojos no mentían y realmente "eso" se vendía y no se regalaba..

Hacía bastante tiempo que tomé la firme decisión de que ningún hombre más me rompería el corazón. Me interesaba salir con mis amigas y divertirme todo lo que podía. Ningún tío más me tendría colgada de una ilusión que nunca llegaba a materializarse. Ignacchio no lo sabía y miraba a mi grupo con cierto aire desafiante. No sabía que ninguna estábamos dispuestas a entrar en ningún tipo de juego, porque en ese momento éramos nosotras y nadie más.

- Disculpa, ¿vas a entrar? - dos adolescentes me miraban con impaciencia con varios pares de camisetas de tirantes en la mano.

- Ehm... sí, perdonad... - Me crucé con la señora que acababa de salir del último probador. Dejó el pasillo inundado de la colonia "pachuli" que me recordaba al olor de casa de mi abuela.

Como era de esperar no tardó mucho en acercarse.

- Ciao bambinas! Come ti va? come vanno le cose la? - Resultaba especialmente cómico escuchar a un andaluz imitar a un italiano y los primeros efectos de las copas dejaron que soltáramos sonoras carcajadas.

De pronto reparé en sus ojos, su mirada y mi mundo se silenció. Volví a encontrarme sola, aislada en una habitación en la que sólo nos encontrábamos sus ojos y el latir de mi corazón. No podía volver a pasarme esto a mí...

El mechero

Llevaba ya el cigarrillo en una mano y el mechero en la otra cuando pasé por delante de la mesa de la recepcionista rubia para traspasar las puertas giratorias que me llevarían a la calle.

-No veas lo que lo que me ha hecho la guarra de Loli- Me llegó desde lejos. Estaba claro que seguía cabreada.

Me protegí del viento con una mano para encenderme el cigarro, allí, en la misma puerta del edificio. Hacía mucho aire y no me estaba resultando fácil, y cuando por fin conseguí inhalar el humo pegué una fuerte bocanada que casi me mareó. No hacía tanto que había empezado a fumar. “Resultaría gracioso contarle a alguien que me he enganchado al tabaco con casi 30 años”, pensé mientras observaba cómo el humo se esparcía rápidamente tras expulsarlo por la nariz.

Estaba inquieta. El mensaje me había hecho ponerme a repasar todos los Nachos que conocía o podría haber conocido alguna vez, sin olvidar los amigos de los amigos que todo el mundo se empeñaba en presentarme últimamente, para ver si “sentaba” la cabeza de una vez. Ni que fuera Bridget Jones.

Giré el mechero entre los dedos de forma nerviosa. El mechero. Se me cortó la respiración justo después de una calada, lo que me hizo ponerme a toser como una descosida. “Si no sabes fumar para qué lo haces”, me pareció que pensaba un señor que me miró un tanto extrañado al pasar por mi lado.

Ese mechero me lo había regalado un chico que se llamaba Nacho.

martes, 11 de noviembre de 2008

"Sabía que lo conseguirías"

"Sabía que lo conseguirías". Fueron cuatro palabras que me helaron la sangre y paralizaron mis pies incluso cuando se abrieron de nuevo las puertas del ascensor. Y remitente, el tal Nacho. Lo que acababa de suceder hacía unos pocos segundos estaba aún tan presente en mi mente como para no ver una clara relación con el mensaje. Pero, ¿cómo narices podía saberlo aquel tío, fuese quien fuese?

Aquello me dio un mal rollo impresionante. El miedo empezó a recorrerme la espalda y de repente me sentía incluso mareada. Se me pasaba de todo por la mente, desde llamar a aquel número hasta apagar el móvil para que no volvieran a llegarme más mensajes, pero seguía teniendo el cuerpo paralizado.

Sentí una mano sobre mi hombro y pegué un respingo. Me giré de un salto y seguramente mi cara de terror alarmó a una barbie con mechas rubias.

- ¿Eres Ana Ramírez?- preguntó con vocecilla chillona.- El Sr. Villa quiere que empieces mañana.

- ¿Mañana? Pensaba que empezaría el día 15...

- Pues tienes que venir mañana. Cuando llegues llévale a Yoli, de RRHH, toda la documentación para que te tramite el contrato.

De no dar el perfil que buscaban a incorporarme deprisa y corriendo. La entrevista más rocambolesca de mi vida, un mensaje de alguien que parecía observarme desde una cámara oculta... sólo un cigarro me podía despejar y ayudarme a poner un poco de orden en mis pensamientos.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Caperucita y el lobo feroz

El Sr. Villa volvió a apartar la vista de su ordenador con cierto aire molesto. Me pareció que aquel señor calvo tajante y con malas pulgas ya no era el mismo con el que había hablado hace tan sólo unos minutos, aquel que me había humillado y que me había hecho salir del despacho sintiéndome una fracasada. Tampoco yo me sentía como una niña asustada huyendo de algo terrible en un oscuro bosque. Aquel hombre parecía más asombrado y nervioso que firme y confiado. Ahora el Sr. Villa era Caperucita y yo era el lobo feroz.

- Mira, niña...

¿Niña?¿me ha llamado niña, cuando me paso el día pensando la edad que tengo y la situación en la que a estas alturas me sigo encontrando?

- No, mire usted.

El rotundo "No" volvió a surgir, pero esta vez no en mis pensamientos, sino que yo misma sentí la ronquera de mi voz. Alguien más debió percatarse, aparte del calvo que tenía delante, porque noté como algún trabajador cotilla pasaba más pausadamente que en mi anterior breve visita y miraba de reojo hacia la ventana en forma de pecera con cierto aire curioso.

Desde ese momento, un remolino de palabras surgieron de mi boca. Más que alegaciones de porqué ese trabajo era para mí y yo era para ese trabajo, creo que descargué toda aquella furia y rencor que me habia guardado tantos años. Me siento incapaz de reproducir aquella conversación (o monólogo, puesto que no dejaba hablar a nadie). Ni siquiera sé el tiempo que estuve en aquel despacho. . Oía a plausos a mi alrededor y veía a los trabajadores de aquella oficina cómo me sonreían y me daban pequeñas palmadas en la espalda. De pronto volví a mi propia realidad. Me encontré frente a las puertas de aquel ascensor, con aquella mezcla de olor a tabaco y perfume de mujer. Aferraba con fuerza el bolso en mi mano derecha y portaba una carpeta granate en mi mano izquierda. El trabajo era mío. Era mío de verdad.

Seguía inmersa en mi propia estupefacción cuando noté la vibración del móvil en el bolso. Un nuevo mensaje acababa de llegar.

No”, me dije a mí misma, mientras apretaba los dientes con fuerza-“No vas a dejar que esto te afecte”. Sin embargo, mientras dirigía mis pasos hacia el ascensor, un remolino de preocupaciones empezó a embotarme el cerebro. Necesitaba ese trabajo. ¿Cómo podría, si no, llevar a cabo eso a lo que me había comprometido? Esa tarea… Aparté el pensamiento de mi cabeza con un gesto que nadie más vio, ni siquiera las risueñas secretarias con minifalda que correteaban de aquí para allá, ajenas, pensé, al mundo real. El ascensor soltó un pitido cantarín y las puertas se abrieron, sin que me hubiera dado tiempo a asumir que me estaba enfrentando a mi primer obstáculo serio.

Los años que había pasado en El País no habían sido precisamente un camino de rosas. Había sacrificado mi vida personal por mi vocación y hoy, a mis 29 años, cuando pensaba que estaba a punto de hacer algo importante, me daba la vuelta ante el primer “no” que encontraba… En mis tiempos, antes de que ocurriera aquello, me había enfrentado a cosas peores que una recepcionista rubia y charlatana y un jefe de redacción con más humos que cultura.

Me quedé parada ante las puertas abiertas del ascensor. Los tres ocupantes del mismo me miraron con impaciencia y, al ver que no me decidía, uno de ellos apretó con fuerza y repetidamente el botón de cierre, como si las puertas fueran a cerrarse con una rapidez directamente proporcional a la intensidad con que lo pulsara.

Cuando llamé por segunda vez a la puerta del Sr. Villa, ya no sentía la inseguridad que me había hecho llegar 20 minutos antes a la entrevista por temor a meter un tacón en una rejilla. Necesitaba ese trabajo y lo obtendría. Punto.

Miguel Villa levantó la mirada sin elevar la cabeza del montón de papeles que estaba consultando. Me escrutó por encima de las gafas y frunció el ceño, pero no dijo nada.

-Soy la persona que está buscando- solté.

domingo, 9 de noviembre de 2008

La entrevista

- Tía, pues qué mal rollo, ¿no? Si hace nada que se han ido a vivir juntos...
Silencio. Risita aguda y afectada. Otra mirada a las uñas.
- ...no, no... No es lo mismo, a mí Fede no me puso los cuernos...
Otro silencio. Hmmm, cuidado, la rubita se enfada. Frunce su ceño como una niña contrariada.
- No, perdona. Lo que pasa es que tú siempre vas calentando al personal. Tú a Fede no le ponías para nada!
Los momentos de silencio se hacen cada vez más cortos. La rubita está realmente cabreada.
- Guarra lo serás tú! Todas lo pensamos! Que te den, paso de saber nada de ti!
Tras colgar violentamente el teléfono, la rubita decidió prestarme atención. Por fin parecía que llegaba mi turno.
- El Sr. Villa está en la planta 7.
En escasos segundos me colé en uno de los ascensores, que estaba a punto de cerrarse. Compartía el pequeño espacio con tres tíos trajeados y con olor a tabaco que seguramente volvían a sus puestos de trabajo tras un breve cigarrillo.
La séptima planta era un espacio diáfano por cuyas amplias ventanas se colaba el débil sol de noviembre. Gente que caminaba de allá para acá con papeles, treintañeras de falda corta, y niñatillos enfundados en disfraces de hombre.
Afortunadamente a pocos metros de mí había un gran cartel que mostraba un plano de situación de la planta. Indentificaba cada cubículo y cada despacho con el nombre de su ocupante, y según aquello Miguel Villa se encontraba en la hilera de puertas en uno de los extremos de la estancia.
Dando gracias por no haber tenido que lidiar con otra secretaria para dar con mi entrevistador, tomé aire y llamé con los nudillos a la puerta. Miguel Villa era un hombre calvo y con gafas, con poco que ver con la colección de semi-modelos que tenía allí fuera.
- Buenos días. Soy Ana Ramírez, teníamos una entrevista.
Villa levantó la vista del ordenador y por un momento no dijo nada y se limitó a escrutarme. Era como si no se acordara en absoluto de que había quedado conmigo.
- Ah... sí, pase por favor, siéntese. Ana... no? Ana María Ramírez? .- dijo mientras revolvía entre unos papeles.
- Ana Ramírez. Ana y nada más.
- Sí... bien. A ver, ¿qué me puede contar de su experiencia en el mundo de la moda?
Mi experiencia en el mundo de la moda. ¿Cuentan las tardes interminables en el Zara? ¿O haber estado suscrita al Elle en los tiempos en los que ganaba una pasta? Porque ésa era mi experiencia en el mundo de la moda.
- Eh... lo cierto es que nunca he colaborado directamente en una publicación de moda, pero llevo trabajando como periodista desde los 21 años y he estado tres años en El País, y como responsable de comunicación en una empresa de...
Me cortó en seco.
- Me temo que si no tiene experiencia en una revista de moda, no tenemos mucho más que hablar... Anabel...
- Ana. Y nada más.
- Pues Ana.- me miró fijamente.- No da usted el perfil que buscamos. Lo siento.
Y sin decir nada más, giró su silla y volvió a concentrarse en su pantalla. Yo seguía allí sentada, estupefacta, y con ganas de soltarle a aquel tío que no me podía tratar así.
Pero no dije nada. Cogí mi bolso y salí de aquel despacho, reprimiendo las lágrimas a mi pesar.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Tras las puertas giratorias

Así lo hice, grabé su número. Los nervios del momento me impidieron pensar en si Nacho era el camarero de la cafetería en la que solía desayunar cada mañana, el atractivo profesor de las clases de aerobic a las que acudía cada martes o el pesado de turno que se empeñó en invitarme a una copa en el Felicia el pasado sábado. Realmente tampoco me importaba, ya tendría tiempo más adelante de analizar con detenimiento el misterioso y breve mensaje.

En ese momento sentía que mi mundo dependía de todo lo que sucediera en la próxima hora y necesitaba concentrar todos mis sentidos en aquella entrevista.

Había realizado grandes progresos en los últimos meses. Había aprendido a contener mis miedos, a ser una persona menos vulnerable y a tomar decisiones valientes sin pensar en consecuencias futuras. Una vez más, me repetí a mí misma las palabras que utilizaba constantemente mi psicoanalista. Confianza. Así que con seguridad y con paso decidido atravesé aquellas puertas giratorias. Realmente tenía la certeza de que mi vida cambiaría desde ese mismo momento. Me equivocaba, mi vida había empezado a cambiar tan sólo un minuto antes, pero aún no era consciente de lo que me quedaba por vivir.

Me acerqué al mostrador central donde una chica rubia que no aparentaba más de veinte años hablaba sin cesar por teléfono con alguien que en aquel momento se me antojó la vecina del quinto. Estoy segura de que se percató de mi llegada, pero desvió desinteresadamente la mirada hacia su manicura recién hecha y siguió con su conversación. Al cabo de dos minutos que parecieron dos horas, aprecié que sin duda hacía caso a mis exagerados gestos que reclamaban un segundo de atención. Sólo necesitaba que me indicara la planta donde podía localizar al Sr. Villa, esa era su única misión en mi pequeño mundo. Después de tanta anticipación para que todo fuera perfecto esa niñata californiana no podía arruinar mi ansiado futuro! Cuando mi estado de nerviosismo empezaba a tornarse en desesperación fue cuando me percaté de que hasta ahora no había escuchado su conversación, sólo la había estado oyendo.

martes, 4 de noviembre de 2008

"Grábate mi número"

Con la obsesión de no llegar tarde a la entrevista, estaba delante del edificio más de veinte minutos antes de las nueve. Había previsto todas las desgracias posibles que podían suceder esa mañana, desde que se averiara el metro hasta que se me rompiera un tacón en la rejilla de una alcantarilla. No podía permitir por nada del mundo que la entrevista para conseguir ese trabajo saliera mal, porque de hecho no me lo podía permitir.

Fumarme un cigarro era todo lo que se me ocurría para matar el tiempo. Estaba nerviosa y no sabía muy bien cómo disimularlo... me recordaba a mí misma en mi primera entrevista de trabajo, pero en cambio ya habían pasado unos años y al menos mi currículum pasaba del medio folio. Sin embargo, quería ese trabajo a toda costa, y me daba pánico no estar a la altura.

Apagué de un pisotón el cigarro, y pensé que ya era hora de ir entrando al edificio. Toda la fachada de cristal imponía al simple viandante. "Tengo que apagar el móvil", y me detuve en seco buscándolo por el fondo del bolso. Allí estaba parpadeando el icono del sobrecito, de un mensaje que al parecer no había oído. Recibido a las 4:51 a.m., procedente de un número desconocido. Grábate mi número, un beso. Nacho