jueves, 25 de diciembre de 2008

La espera

Pero Claudio no apareció. Lo había esperado durante horas, sentada en el sillón del salón, consumiendo un cigarrillo tras otro de manera descontrolada y mirando alternativamente el parqué vacío y la puerta reventada. El reloj marcó primero las nueve, luego las diez, y a las 12 menos cuarto supe que ya no iba a venir.

Si pensé en algún momento en llamar a la policía, la amenaza de que matarían a mi sobrino me había disuadido de hacerlo. El descubrimiento de que el accidente de mi hermana y mi cuñado no había sido tal me dejó noqueada. Nunca pensé que aquel juego en el que me había metido me fuera a costar tan caro.

Poner al descubierto los trapos sucios de aquel famoso empresario del mundo de la moda me había parecido una idea muy interesante, tanto por el dinero que me habían ofrecido por la exclusiva, como por el renombre que me daría dentro de la profesión. Sabía en su momento que aquello conllevaría riesgos, incluso grandes riesgos. Pero nunca había pensado que tendría que temer por mi vida o por la de mi familia.

Por mi culpa… Mi cuñado estaba muerto por mi culpa, y mi hermana en coma. Y ahora mi sobrino… El nudo de mi garganta se hizo aún más grande y las lágrimas, que no habían dejado de brotar de mis ojos, surgieron con fuerzas renovadas.

No pude esperar más. Era medianoche y Claudio no había aparecido, y tampoco respondía al teléfono. Incapaz de quedarme por más tiempo sentada en ese sofá, torturada por la culpa y la pena, cogí mi abrigo y salí a la calle, dejando la puerta reventada de mi casa abierta, importándome bien poco que alguien entrara y se llevara todo lo que había. Lo que más me importaba ya no estaba allí.

El suave viento de la mañana se había vuelto gélido ahora, y me azotaba en la cara, seca ya del llanto. Si alguien me hubiera observado en aquel momento, tan sólo hubiera visto una figura que se tambaleaba como un muñeco de trapo, cegada por la luz de las farolas y movida por una fuerza extraña, desesperada.

Decidí ir a casa de Claudio.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Las cosas se complican

Un ruido contundente me despertó de mi sueño. Lo primero que pensé es que una de mis compañeras de piso habría dado un portazo.

-¿Marisa?

No encontré respuesta.

- ¿Clara?

De nuevo silencio, pero a la vez la inconfundible sensación de que no estaba sola. Me incorporé lentamente, con el terror acelerandome el pulso. Ya había anochecido y la luz que se colaba de las farolas de la calle era la única iluminacion en la casa. Cuando por fin alcancé la puerta de mi habitación, pude ver al final del pasillo la puerta de entrada. Estaba entreabierta, con la cerradura destrozada y aún oscilaba. Proyectada en la pared de enfrente, vi una sombra difusa que bajaba apresuradamente las escaleras del edificio.

Seguía avanzado lentamente, consciente de mi vulnerabilidad y sin saber si había algún otro intruso en la casa. Fue entonces cuando me di cuenta de que no oía a Alex, ninguno de sus ruiditos. Al llegar a la puerta del salón, la visión de su parque vacío me provocó un vuelco, e instintivamente corrí hacia donde le había dejado por última vez. Entre sus juguetes, sólo una nota: "DEJA DE METER TUS NARICES EN LO QUE NO TE IMPORTA. TU SOBRINO PUEDE CORRER LA MISMA SUERTE QUE SUS PADRES".

Aún con la nota en la mano, atónita, me hizo dar un respingo el sonido de mi teléfono móvil. Era Claudio. Lo descolgué sin decir nada, no me salía la voz.

- Ana, tenemos que vernos. Han entrado en mi casa.-Fue todo lo que me dijo Claudio.

Me sentía aterrada, y paralizada al mismo tiempo. Mis músculos apenas respondían y todo lo que pude responder a Claudio fue que si podía venir a mi casa.