Pero Claudio no apareció. Lo había esperado durante horas, sentada en el sillón del salón, consumiendo un cigarrillo tras otro de manera descontrolada y mirando alternativamente el parqué vacío y la puerta reventada. El reloj marcó primero las nueve, luego las diez, y a las 12 menos cuarto supe que ya no iba a venir.
Poner al descubierto los trapos sucios de aquel famoso empresario del mundo de la moda me había parecido una idea muy interesante, tanto por el dinero que me habían ofrecido por la exclusiva, como por el renombre que me daría dentro de la profesión. Sabía en su momento que aquello conllevaría riesgos, incluso grandes riesgos. Pero nunca había pensado que tendría que temer por mi vida o por la de mi familia.
Por mi culpa… Mi cuñado estaba muerto por mi culpa, y mi hermana en coma. Y ahora mi sobrino… El nudo de mi garganta se hizo aún más grande y las lágrimas, que no habían dejado de brotar de mis ojos, surgieron con fuerzas renovadas.
No pude esperar más. Era medianoche y Claudio no había aparecido, y tampoco respondía al teléfono. Incapaz de quedarme por más tiempo sentada en ese sofá, torturada por la culpa y la pena, cogí mi abrigo y salí a la calle, dejando la puerta reventada de mi casa abierta, importándome bien poco que alguien entrara y se llevara todo lo que había. Lo que más me importaba ya no estaba allí.
Decidí ir a casa de Claudio.